domingo, 17 de julio de 2011

IGUALDAD,JUSTICIA Y EQUIDAD EN NICARAGUA.

 La igualdad es un concepto moral y como tal, racional, histórico y social. La sociedad, el Estado y el Derecho, han sido creados para atenuar las desigualdades y buscar la igualdad estableciendo para ello, aunque parezca paradójico, la idea de una acción desigual niveladora que consiste en dar más a quien menos tiene y más necesita, y dar menos a quien más tiene y menos necesita.

En este sentido la igualdad presupone el reconocimiento de las diferencias entendidas no como privilegio económico, social o de clase, sino como condición inherente al sujeto cuya identificación y regulación se vuelven necesarias para evitar la injusticia que entraña la uniformidad.

Lo que uniforma no une sino que somete, pues la igualdad no es uniformidad, sino reconocimiento y equilibrio de las diferencias, unidad en la diversidad. Por ello, el poder absoluto conduce a la desigualdad y la injusticia, la que en su forma primaria y genérica aparece cuando el poder presenta sus intereses particulares como si fuesen los intereses generales de la colectividad, cuando impone el bien individual como si fuese el bien común.

El principio de igualdad se rompe suprimiendo los términos que lo regulan, eliminando las disposiciones necesarias para su correcta aplicación. De ahí pues que la justicia sea, como decía Platón “dar a cada uno lo que le corresponde”. Sin embargo, creo necesario tratar de entender correctamente a Platón ya que el enunciado de justicia que hace en ‘República’ y que hemos consignado anteriormente, podría interpretarse en un sentido unilateral.

Cabría preguntarse qué es según Platón lo que a cada quien corresponde. La respuesta, por ejemplo, de Karl Popper en su libro ‘La sociedad abierta y sus enemigos’, es que lo que a cada uno corresponde está determinado por la posición que ocupa en la estructura jerárquica de la sociedad. “Zapatero a tu zapato”.

Pero junto a esta afirmación, objeto de la crítica de Popper, podría asumirse que lo que a cada quien corresponde no está solamente predeterminado por el segmento social al que pertenece dentro del orden vertical y piramidal de la sociedad, tal como efectivamente lo señala Platón, sino también y en forma implícita, por la necesidad de cada uno en relación a los valores, fines y objetivos que ha conferido a su existencia y por los cuales tiene el derecho a luchar como ser humano en uso de su propia libertad.

Esta segunda interpretación nos colocaría en una situación en la que justicia viene a ser equivalente a equidad, en el sentido de que cada quien en uso de su libertad, puede luchar por aquello que considera le corresponde sin afectar los derechos de los demás y que, por su parte, la sociedad, el Estado y el Derecho deben establecer las condiciones que permitan al sujeto realizar las acciones necesarias para alcanzar los fines que se ha propuesto, removiendo de entrada los obstáculos en sus propósitos, eliminando toda condición discriminatoria que sería la verdadera desigualdad.

Además de las anteriores consideraciones, podría decirse que la igualdad existe como imperativo moral y jurídico y como base común para todos, en el caso de los derechos humanos fundamentales, el derecho a la vida, la libertad, la dignidad, la justicia. Fuera de ellos, la desigualdad se presenta a partir, al menos, de tres situaciones principales: la primera en relación a las diferencias inherentes a la propia condición de la persona en lo que concierne a aspectos biológicos, sociales, laborales, profesionales, que hagan referencia —por ejemplo, a edad, sexo, trabajo, profesión, asociación—; categorías todas ellas en las que en atención a cada situación específica, existe o debe existir una consideración ética y jurídica también particular, referida a cada circunstancia.

La segunda forma de desigualdad tiene su origen en las diferencias de cada persona, en atención no ya a la naturaleza de la circunstancia a la que pertenece, o a la naturaleza particular que la caracteriza, sino a la necesidad que su propia existencia formula y exige, tal sería el caso de quien menos tiene y más necesita, frente al del que más tiene y menos necesita.

En este segundo caso, corresponde a la sociedad, al Estado y al Derecho establecer los mecanismos compensatorios para aquellos que más necesitan. La desigualdad de trato a favor del más necesitado conduce al establecimiento aproximado de un sistema de igualdad.

A diferencia de las dos anteriores, la tercera forma de desigualdad proviene de la injusticia y arbitrariedad del sistema político, económico y social. En el caso, por ejemplo, que el poder en cada una de las expresiones anteriores, o en su conjunto, propiciara la discriminación, explotación y abuso sobre determinadas personas o grupos de personas, impidiéndoles ejercer los derechos para los que están plenamente facultadas por la ley.

Esta sería una circunstancia ante la cual se erige —no solo como un derecho sino como un deber—, la lucha política y social para establecer las condiciones generales que permitan restituir la dignidad jurídica y moral de la persona y la ciudadanía.

Cabe aclarar, no obstante, que trato desigual no significa siempre injusticia, —como en el caso de la tercera forma de desigualdad que acabamos de ver—, sino que puede también significar una acción preferencial y compensatoria para el que menos tiene y más necesita. Es decir, un reconocimiento de la diferencia entre personas o grupo de personas, en virtud del cual se establece un mecanismo desigual nivelador, que tiende más bien a eliminar o atenuar la situación injusta de desigualdad preexistente, al dar más al que tiene menos y menos al que tiene más.

Como síntesis de los expuesto, podríamos decir que las regulaciones al principio de igualdad no lo trasgreden, sino mas bien contribuyen a su realización. Las regulaciones al principio de igualdad tienen un doble carácter: como compensación y como límite. En el primer caso, como compensación, tratan de evitar la injusticia que surge del déficit de facultades y posibilidades que afecta a la persona que debería tener derecho a ellas. En el segundo caso, como límite, trata de evitar los poderes excesivos que concentra o puede concentrar una persona, en detrimento de los derechos de los demás. En consecuencia, en ambos casos se busca evitar la injusticia, sea por defecto o por exceso.

A partir de lo expuesto podríamos decir que no tiene ninguna fundamentación la afirmación que sostiene que el artículo 147 de nuestra Constitución Política, viola el principio de igualdad al prohibir la reelección del Presidente de la República, en las circunstancias que el mismo artículo determina.

Dar como argumento la violación del principio de igualdad a partir de la comparación de esa situación con la de otros funcionarios, los diputados por ejemplo, es pretender asimilar en una sola categoría situaciones diferentes y fabricar una igualdad forzada y, por lo tanto, falsa.

Por el contrario, reglamentar la reelección como lo hace el artículo 147 de la Constitución, es evitar la perpetuación en el cargo y la creación de un poder excesivo que rompe el equilibrio entre gobernantes y gobernados y crea más bien la desigualdad fundada en la injusticia.

FUENTE:ALEJANDRO SERRAMO  /  LIC:RENE DAVILA  / 16060011

sábado, 16 de julio de 2011

Seis tesis sobre el pensamiento como problema



Comentario: Separar los pensamientos de un cuerpo, solo es posible cuando los pensadores empiezan a vivir de ellos.

Ningún cuerpo necesita salvadores. Ellos saben vivir, alimentarse, reproducirse, cagar y morir. Los cuerpos se desarrollan como ellos quieren. El pensamiento es el que los disciplina, los iguala y los distingue, según le convenga a sus regímenes de verdades disciplinarias.

2. El pensamiento no es abstracto, siempre tiene un lugar, un pensador y cuerpo que lo sostiene y del que no se puede separar. Comentario: La curva del pensamiento contemporáneo tiene tres etapas.

a) El dominio del pensamiento eurocéntrico que pasa de Descartes/Spinoza a Kant/ Hegel, y de estos a Heidegger/Nietzsche.

b) Etapa de descentramiento del eurocentrismo de Edward Said a Walter Mignolo. Los decoloniales, siguiendo a los postcoloniales, usarán la episteme de Foucault como base para denunciar el eurocentrismo, pero seguirán señalando al pensamiento (colocando la episteme por encima del locus que ellos mismos defienden) como solución, aunque para los postcoloniales sea apofático y para los decoloniales, “otro.”

c) El pensamiento será señalado como problema y los pensadores, como separaciones del mismo fenómeno, serán el objeto de examen, según Osho, J. Krishnamurti y U.G. Krishnamurti.

3. El dominio del pensamiento eurocéntrico continúa dominando, aún en sus rivales, no por eurocentrada, sino por pensamiento. Comentario: Los postmodernos empezaron a desmantelar el eurocentrismo al cuestionar las narrativas emancipatorias. Los postcoloniales, sus herederos escépticos de las colonias, solo expusieron cómo ven los europeos a sus objetos (colonias y sufrientes). Los decoloniales, por último, no pudieron ver que el pensamiento es la fuente de los campos de fuerza que él mismo genera y terminaron abrazando, por medio de la vieja filosofía de la sospecha, otra vez, la emancipación aborigen y afrodescendiente decolonial “liberadora”. Llaman a una segunda emancipación, no política y económica, como la primera, sino epistémica.

4. El mejor truco del pensamiento es hacernos creer que se nos adelanta cuando se sabe que siempre va detrás de los hechos al reflexionarlos . Comentario:

Las premisas, fundamentos, procedimientos, fines y, en general, toda la lógica del conocimiento moderno, reside en resolver problemas. Pensador que no resuelve problemas, pensador que no sirve. Pensamiento que empieza a dar más problemas de los que remedia, pensamiento que no sirve.

5. Son los pensadores los que separan el pensamiento de los cuerpos para reflexionar sobre él y luego hacer de ello su oficio. Comentario: Si el pensamiento es el problema (Krishnamurti), entonces los nuevos enemigos de nuestra era son los intelectuales. La escritura empezó a ser el vehículo favorito de la intelectualidad moderna. Derrotó a otros saberes. La verdadera patria de todo intelectual es la escritura; las demás patrias, ellos las ocupan para traicionarlas, o defenderlas, enviando a morir a otros.

6. Un supermestizo, al contrario del mestizo epidérmico, provincializa en su cabeza a Europa y deja entrar a todos los demás saberes, sean de donde sean, por razones estratégicas. Comentario:

¿Por qué es asimétrica la relación entre el nirvana (Buda), el satori (Zen) y el wu wei (Tao) con respecto al aufhebung (Hegel), al bedeutung (Husserl) y al denkwürdig (Heidegger)? ¿Qué hace que una se imponga a las otras?

martes, 5 de julio de 2011

EL SER HUMANO CON CARACTER PSICOSOCIAL.

Para reconstruir esta sociedad, que se ha vuelto ciega frente a lo trascendente, es momento que la persona piense y reflexione sobre sí misma, sobre cómo vive, sobre sus decisiones. Hay que rescatar la dimensión espiritual del hombre.

Querer ser mejores personas implica una coherencia de vida, una integridad humana que esté tan calada en nuestro interior que no permita claudicación alguna. Lo que propongo es una ética centrada en la apertura externa del ser humano. Para fomentar el cultivo del carácter social del hombre es menester terminar con la cultura del individualismo. La calidad moral de nuestras obras determina el legado humano que cada uno deja para la sociedad, para los demás.

Lo contrario del amor no es solo el odio sino el egoísmo. El amor es el núcleo de todo auténtico humanismo. La persona ha nacido para amar; si no ama su vida no tiene sentido alguno. La mayor paz que se genera en la persona es aquella que obtiene consigo misma, con los demás y con Dios.

La persona está llamada a bajar del balcón de la arrogancia, de la soberbia, de la mentira, de la envidia, del egoísmo. Los enemigos principales del hombre son la falsedad y el mal. Hay que acercar al hombre con la verdad. Este encuentro le exige una conversión profunda, le plantea una nueva forma de vivir y ver las cosas.

A la persona se le demanda una nueva actitud frente a la vida. No importa si algún día caemos, lo importante es volvernos a levantar. Hay que sustituir la palabra “caída” por la palabra “cambio”. La palabra clave en todo error es “aprender”. Debemos enseñar a las personas a superar el fracaso. Cada obstáculo que se le presenta al hombre es una oportunidad y una prueba para demostrar su integridad. El desafío moral es enfrentar y derribar ese miedo a ser diferentes.

El carácter determina en buena parte el protagonismo en el cambio de la propia vida, es él quien permite adueñarme del manejo de las circunstancias o dejarme llevar por ellas. Por ello, el mejor reto de la educación consiste que la persona quiera el bien y aborrezca el mal. Porque elegir lo bueno implica reafirmar lo que somos. La clave primordial de la ética es aprender a elegir el bien. Libertad y responsabilidad no se contraponen sino que se complementan.

En esta sociedad en la que las medias palabras valen más que las verdades, hay que exigir la abolición de la maledicencia, la calumnia, la deshonra. Por tanto la educación de la palabra es hoy una tarea decisiva. El desafío ético de la persona es saber navegar en medio de tantas tempestades que ponen a prueba su talante moral.

La calidad humana hay que medirla en función de lo que se es y no de lo que se tiene, de lo que se hace o de lo que se dice. Hay que propiciar la cultura de la excelencia. Mejorar nuestra capacidad de medir las consecuencias de lo que hacemos. La sociedad actual exige personas que sean capaces de tener la suficiente humildad para reconocer sus errores y fortaleza para corregirlos. No basta con entender la vida, hay que saber vivirla. Es la persona quien decide responder a la pregunta de la vida, nadie puede sustituirla en dicho intento.

LIC:RENE DAVILA /05060011

domingo, 3 de julio de 2011

Pueblo, derecho y poder

 Releyendo el excelente libro de mi amigo, el destacado filósofo mexicano, Luis Villoro, El poder y el valor , publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1997, me vienen a la mente numerosas reflexiones acerca del poder, e inevitablemente sobre el derecho y el pueblo, los que se presentan estrechamente relacionados.

Las consideraciones y conclusiones que planteo sobre el tema no deben hacerse necesariamente extensivas a Villoro y más bien las presento como de mi exclusiva responsabilidad, aunque indudablemente motivadas por su libro y, por supuesto, por la realidad contemporánea.

El tema del poder surge de nuevo a partir de la corriente del llamado socialismo del siglo XXI, en la que se percibe una tendencia claramente autoritaria que se pretende justificar en nombre del pueblo, aunque este no sea más que un referente demagógico para tratar de legitimar los usos y abusos de su ejercicio.

En sus orígenes el poder surge como un acto de fuerza en el llamado estado de naturaleza anterior al Estado, al derecho y, por lo tanto al contrato social. El poder en el momento de su nacimiento no busca legalizarse y legitimarse, simplemente actúa y somete a quien lo padece a partir de su propio peso y de conformidad a sus propias posibilidades.

La guerra de todos contra todos de la que habla Hobbes en Leviatán hizo que tanto opresores como oprimidos buscaran un acuerdo mediante el cual se establecieran derechos y deberes, tanto para el individuo como para el grupo, lo que pasaba necesariamente por un mecanismo de limitación y control del poder, que era el precio que este tenía que pagar para ser reconocido por toda la colectividad.

El poder, cuya fuente y origen es el pueblo, pasa así a formar parte de esa nueva estructura que es el Estado y del sistema normativo que lo regula, que es el derecho. El pueblo es la fuente del poder y la soberanía, lo mismo que de los derechos y deberes de todos y cada uno de los componentes de la sociedad expresados en el contrato social, el que adquiere su expresión normativa en la Constitución y el sistema legal, cuya aplicación y observancia debe ser garantizada por ese aparato institucional denominado Estado. Esta fue la idea del contractualismo racionalista y la Ilustración que dio pie a la construcción de la modernidad; fue el núcleo del pensamiento de Rousseau expresado en el Contrato Social.

Estas ideas de la modernidad se han visto cuestionadas por dos corrientes opuestas entre sí, pero que coinciden en un punto fundamental: la reafirmación del poder en sí mismo. Por una parte, a nivel mundial, las teorías del mercado total, llamado también “Monoteísmo de mercado”, por Roger Garaudy, e “Idolatría de mercado”, por Franz Hinkelammert, en su crítica radical a las mismas. Las teorías del mercado absoluto, han pretendido someter la política, el derecho, el Estado, la cultura, la ética y todas las manifestaciones individuales y sociales a las leyes de mercado, asumidas, intencionadamente, como expresiones del derecho natural, tal es la denominación que se le ha dado a la ley de la oferta y la demanda, pretendidamente autónoma, pero desconociendo deliberadamente los ideólogos de esta corriente, que detrás de las oscilaciones de los precios y detrás del funcionamiento mismo de la ley de la oferta y la demanda, se encuentra la especulación de los sujetos económicos y financieros, que reducen o aumentan el flujo de productos en el mercado.

Por la otra parte, a nivel de algunos países de América Latina y en un sentido general completamente opuesto al anterior, el llamado socialismo del siglo XXI pretende recuperar la idea y la práctica del poder por el poder mismo, en las personas de los caudillos que lo ejercen, tergiversando el sentido político, filosófico y jurídico de las instituciones que establecen los principios de legalidad y legitimidad del poder, hasta tanto puedan cambiar estas instituciones por otras que reafirmen esa idea y con ella su poder personal.

Se dice que el pueblo es presidente, pero en realidad lo que se está diciendo es que el presidente es el pueblo, fuente y origen en sí mismo del poder y la soberanía, transfiriendo de esa manera la idea de pueblo, de la colectividad al sujeto unipersonal que ejerce el poder. El pueblo viene de esa forma sustituido en su identidad y función histórica, transformado en masa destinada a ratificar las decisiones que el gobernante toma en tanto se considera a sí mismo el verdadero pueblo.

De ahí proviene la manipulación de los conceptos contenidos en la teoría fundamental del derecho, mediante la cual, la expresión de Kelsen, que dice que todo acto estatal es un acto jurídico, ha sido interpretada y aplicada en la práctica de forma tal que se afirma que lo que hace el poder es legítimo y legal por el hecho mismo de su fuente y proveniencia, siendo que el principio en cuestión lo que afirma es todo lo contrario, es decir que todo acto del Estado, para ser considerado como tal, es decir como un acto estatal, tiene que ser necesariamente un acto jurídico, estar de acuerdo a la Constitución y las leyes, pues de lo contrario será simplemente un acto de fuerza, ilegal e ilegítimo. Este es el principio del Estado de Derecho que establece la subordinación del poder a la ley.

Por lo tanto, la actuación del Estado o es un acto jurídico legítimo, o, en caso contrario, es un acto de fuerza, un atropello. La teoría del contrato social sustituyó el “derecho de la fuerza” por la “fuerza del derecho”. Es el paso del estado de naturaleza a la sociedad política. En el contrato social cada quien busca garantizar su interés particular en el interés general. El bien común es la verdadera garantía de los derechos individuales. El autócrata en cambio pretende que su interés particular represente el interés general.

En el fondo esto es lo que está detrás de todos los abusos de poder. Tratar de legitimar lo ilegítimo, tratar de legalizar lo ilegal, al asumir que el propio gobernante es la fuente del poder y la soberanía pues él es el pueblo. De esta forma vemos que el poder del gobernante ya no proviene del pueblo, sino el pueblo del poder del gobernante, de la misma manera que el poder ya no proviene del derecho, sino el derecho del poder.

Todo esto significa la intención de demoler la sociedad política creada con el contrato social y regresar, consciente o inconscientemente, al estado de naturaleza en el que priva la fuerza sobre el derecho y en el que el gobernante, devenido pueblo, es en sí mismo la fuente de todo poder.

autor:alejandro serrano  / RENE DAVILA / 03060011