sábado, 22 de septiembre de 2012

Un yo que sobrevive al determinismo



La ética de Emmanuel Kant (1724-1804), es autónoma, dictada por la conciencia y no por una instancia ajena al yo personal, que es colegislador en el reino de los fines. Prescribe solo la forma de la acción y culmina en la persona moral, en el yo puro que debe realizar su esencia racional. Todos los hombres son fines en sí mismo: la inmoralidad consiste en tomar al hombre como medio.
En el contexto histórico que le tocó vivir y más aún en el actual estos conceptos convulsionan el pensamiento humano e introdujeron en la evolución social profundas transformaciones.
“El valor de un hombre es dado del uso que hace de su libertad, el valor de una filosofía depende de la medida de la libertad a la cual conduce a la humanidad”. Estamos de frente a un perfecto iluminista y su concepto de libertad inició su trayectoria práctica con el triunfo de la revolución francesa (1789).
El individuo privado escribió Benjamín Constan en su ensayo de” La Liberté des anciens comparée á celles des Modernes” es la invención por excelencia de la civilización moderna. Karl Marx (1818-1883) está de acuerdo y ve en esta invención el sentido histórico de la epopeya francesa que pone al individuo al centro del sistema político y lo rescata de las instituciones feudales y de la tutela de la religión, conformando así el embrión del estado moderno y de la democracia política que el pueblo ruso al inicio del siglo XXI lucha por establecer. El error de Marx fue suponer que la revolución francesa fuera una victoria de la burguesía capitalista sin existir burguesía, como tampoco la había en Alemania. Los cambios en este sentido llegaron con Napoleón Bonaparte figura histórica muy admirada por el creador del “Materialismo Histórico”.
Karl Marx como Kant pertenecen a su tiempo. El constructor de la “Liga Comunista” no fue, aunque predicó el paraíso en la tierra, un profeta religioso. No estuvo solo en su empresa, antes que él toda una miríada de utopistas tenían puesta su esperanza en la “Ciudad Futura”, oasis de paz y felicidad.
La desgracia de Karl Marx fue la realización de un comunismo que se apartó de sus recomendaciones teóricas. Setenta años de dictadores, de tiranías, de crímenes, de masacres colectivas.
Responsabilizar al Filósofo por el infierno que se edificó en lugar de su hipotizado paraíso, es un error. Basta leerlo (es necesario leerlo) para comprender que tal acusación es insensata, como las acusaciones que atribuyen al pensamiento humano los crímenes de la bestia que todos llevamos.
Quien sostenga que Marx fue un pensador rudo y poseído mesías del cual nos llovieron solo desventuras o no lo ha leído o no lo ha comprendido. “El Capital” es una lectura económica fundada sobre el modelo de la economía inglesa y de los fisiócratas franceses, pero el actor por el cual estableció mayor empatía fue con Alexis Tocqueville (1805-1859) liberal de formación, experto de “L´ Ancien Regime” y de la democracia norteamericana, noble de nacimiento, ex-ministro de Relaciones Exteriores de Francia.
En su “Materialismo Histórico” al espíritu absoluto de Hegel (1770-1831) lo sustituyó con la materia y de éste heredó su método dialéctico desplazándolo del espíritu a la materia, del pensamiento al ser. Desconoció la libertad como elemento dialéctico y la reemplazó con un determinismo hermético, dogmático religioso, dejando poco espacio a la iniciativa personal. Cometió un error; haber dado a su pensamiento la forma de un lecho de “Procuste” en el cual alcanzara la historia universal, que no era la universal, si no la de Alemania, Francia e Inglaterra que indujo en sus días a Kant, en su euforia antropocéntrica, a afirmar que la perfección espiritual solo era posible para la raza blanca Europea. Ver el mundo como una película que del esclavismo nos lleva a la economía de la división del trabajo y del dinero dentro de una visión integral lo acercó a Kant y Hegel quien con sus sistemas filosóficos pretendieron dar respuesta a todos los interrogantes de la mente.
Marx fue aún más rígido que Hegel y Kant: dictó las leyes de la evolución social, incendiando el planeta con sus profecías. El fin sería un comunismo para todos, la abolición del estado y la plena libertad para aquellos que obren y hablen en nombre de las masas. El incendio se calmó pero sus brasas continúan encendidas quemando ideologías utópicas que con el tiempo perdieron fertilidad y se convirtieron en instrumentos del poder.
Si la acción humana no tenía para Kant el objeto del dominio de la naturaleza, los avances técnicos-científicos demostrarían lo contrario, su impulso ético está todavía vigente en la democracia que se consolidan y su motivación afonda sus raíces en el status de ciudadano. Los marxistas tienen una concepción rígidamente doctrinaria de la verdad, reduciéndola a una dimensión política con el objeto de ganar poder. Levantan la bandera del determinismo económico y reconocen solo a las fuerzas productivas como los sujetos históricos de la transformación, sacrificando otra vez a Karl Marx y no reconociendo que el socialismo científico, con su visión sectaria y excluyente, impidió la consolidación de una cohesión social, clave para el éxito de cualquier proyecto humano.

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