jueves, 18 de julio de 2013

El hombre mediocre según José Ingenieros

Si alguien me preguntara qué libro recomendaría leer como el más efectivo para hacernos cambiar de mentalidad, sin duda alguna, sería el del filósofo Argentino José Ingenieros, “El hombre mediocre”.
La razón de tal escogencia es la siguiente: ningún libro escrito en Latinoamérica ha hecho tanto hincapié en que la “mediocridad” es el más grande de todos nuestros males.
Antes de leerlo, yo pensaba que la mediocridad solamente se daba entre personas que carecían de educación, cultura y talento. Ahora, mi opinión es todo lo contrario.
Según ingenieros, el hombre mediocre es un ser sin personalidad que se deja amoldar o domesticar por el medio social en el que vive. Según Flaubert, es el “hombre que piensa bajamente”. Ingenieros lo ubica entre el genio y el imbécil. Y lo más curioso de todo: que ni el mismo se da cuenta que lo es.
El hombre mediocre no tiene ideas propias, sino que piensa y dice lo que otros dicen. Aunque puede tener “talento” o “buenas cualidades”, sean estas intelectuales o artísticas, ellas no le garantizan su autonomía y creatividad. El hombre mediocre puede poseer “talentos”, pero esto no quiere decir que los desarrolle y que los llegue a perfeccionar.
“Cada individuo- dice Ingenieros- es el producto de dos factores: la herencia y la educación”. La herencia se refiere al factor genético, la educación a todo lo que este recibe desde la cuna a la sepultura.
La “imitación” desempeña un papel decisivo para el desarrollo de la personalidad social. Pero ella sola no basta, se necesita de la “invención” para producir variaciones en los individuos. La imitación es de índole conservadora y actúa creando hábitos sociales, mientras que la “invención” es evolutiva y se desarrolla mediante la imaginación.
Nuestro hombre mediocre considerado “normal” en nuestras sociedades, tiene las características de la “paciencia imitativa”; en cambio, el hombre superior, la de la “imaginación creadora”.
Y es que el hombre mediocre es el “hombre masa, el ser que se pierde en la multitud y que no se atreve a ser diferente”. Por algo dijo Séneca: “cuando estuve entre los hombres, me volví menos hombre”.
Otra característica del hombre mediocre, no menos deplorable, es la fuerte inclinación que tiene por la “envidia”. La “envidia” es la otra cara del hombre mediocre, sumadas, por supuesto, a la arrogancia y a la soberbia.
Las personas proactivas, positivas y creativas son las que le despiertan este vil sentimiento. Un talento desarrollado y llevado a la perfección es el mejor espejo en donde los mediocres se ven reflejados. La envidia no es más que la respuesta de las propias insatisfacciones personales ante quien les está evidenciando sus propias deficiencias o mediocridades. Por esto mismo, en vez de “emularlos”, los hombres mediocres optan por destruirlos y denigrarlos.
Los hombres mediocres son astutos y hasta pueden ser más inteligentes que el hombre promedio. Es más, la “mediocridad” supone estas cualidades antecedentes. Por ejemplo: una persona puede creerse un gran artista o un gran genio sobre la base de ciertos talentos heredados, adquiridos o perfeccionados. Pero cuando esta aptitud es contradicha por quienes en verdad lo son, si son humildes, los imitarán, si son soberbios, los envidiarán. Y esta es la típica reacción de hombre mediocre.
Otro aspecto que también es alarmante es el de saber enfrentar el binomio entre “creerse” y “ser”. Una cosa es creerse un gran artista o un gran intelectual y otra cosa, muy distinta por cierto, es serlo. La aptitud del creído contradice la aptitud del hombre superior. Es una falsa percepción de uno mismo.
Recuerdo una hermosa anécdota que nos contaba un profesor en la universidad sobre la vida y obra de Beethoven:
“Beethoven tenía su propia orquesta sinfónica que interpretaba todas sus obras musicales. En una ocasión, en vez de quedarse en el teatro a escuchar su nueva sinfonía, decidió pasear por los bosques de alrededor. El amaba mucho el espectáculo de los rayos de luz que atravesaban las copas de los árboles. Al regresar notó que el director le había hecho algunos cambios a la partitura. Al voltearse, observó que Beethoven se acercaba a él, no para amonestarlo o despedirlo, sino para simplemente decirle: ¡La has hecho mejor que yo!”

Juan Bosco Cuadra

sábado, 20 de abril de 2013

Fuera de foco



Quienes piensan que la moral humana tiene carácter absoluto lo hacen porque observan al animal humano fuera de foco.
Podemos imaginar un mundo de leyes y constantes absolutas, de resultados totalmente predecibles en un universo de mecanismo de reloj, con un espacio un tiempo y una materia absolutos, en el que los humanos, de pocos miles de años de existencia, ocupan el lugar central. Podemos imaginar que todos los humanos tienen la misma naturaleza y que esa naturaleza no cambia con el tiempo. Por último, podemos imaginar que existe un manual que contiene todas las respuestas correctas a todos los posibles dilemas morales que la humanidad pudiera encontrar. Pero para poder imaginar todo esto se precisa observar al Homo sapiens desenfocados.
La neurociencia, la física cuántica, y las teorías de la evolución, de la relatividad y del big bang, nos ayudan a observarnos bien enfocados como especie. Todas estas teorías son sólidas; su veracidad se comprueba con el uso de muchos artilugios tecnológicos modernos basados en ellas.
La moral humana absoluta presupone que lo bueno es lo que se compagina con la naturaleza humana, y lo malo lo que la contraría. Pero la neurociencia nos muestra que no todos los humanos tienen la misma naturaleza. Los sociópatas, por ejemplo, quienes forman un porcentaje significativo de la población, son insensibles al sufrimiento ajeno y no sienten el normal temor ante los riesgos; sus cerebros se activan de manera diferente de lo común, ante ciertos estímulos. Por otra parte, la teoría de la evolución nos muestra que las especies, incluida la nuestra, cambian todo el tiempo. No existen las naturalezas permanentes. No podría haber una moral absoluta basada en una naturaleza cambiante. La falta de visión evolucionista y neurocientífica contribuye a la observación desenfocada de nuestra especie.
Según la teoría del big bang el universo tiene unos 13,800 millones de años, la Vía Láctea 12,000 millones, el sistema solar 4,700 millones y la tierra unos 4,500 millones. La tierra es sólo un punto en una galaxia inmensa (la luz dura 100,000 años en cruzarla), en un universo de cientos de millardos de galaxias. La teoría de la evolución nos muestra que la vida en la Tierra tiene unos 4,000 millones de años, los mamíferos unos 200 millones de años y nuestra especie, el Homo sapiens, no más de 200,000 años. Considerar central al humano es verlo fuera de foco cosmológico y evolucionista.
La teoría de la relatividad nos enseña que el espacio, el tiempo y la materia son relativos; su medida depende de las condiciones del que mide. Existen infinitas respuestas correctas a las preguntas ¿cuánto mide esto? ¿Cuánta masa tiene esto? ¿Cuánto tiempo transcurrió entre estos dos eventos? La tendencia a creer en medidas absolutas es alimentada por la falta de foco relativista.
Un principio fundamental de la física cuántica es el Principio de Incertidumbre. Establece que no se puede saber al mismo tiempo la posición de una partícula y su momento (momento = masa por velocidad). Mientras más preciso sea el conocimiento de uno, más impreciso es el del otro. Esto significa que la realidad es por naturaleza incierta a su nivel más elemental, en el mundo atómico y sub-atómico. Por falta de un foco cuántico se puede creer que existe una realidad totalmente absoluta y predecible.
Bien enfocados, observamos un universo de tiempo, espacio y materia relativos, en el que nuestro planeta ocupa un sitio ínfimo, y en el que los humanos no sólo no son centrales sino que son inimaginablemente pequeños tanto en el contexto espacial como temporal. Bien enfocados podemos apreciar que en la biología no hay naturalezas constantes y que la naturaleza humana es cambiante tanto en el tiempo como entre individuos.
La moral y la naturaleza humanas no son de carácter absoluto, sino cambiante. No se debe permitir que cada quien haga lo que le dé la gana; debe haber una moral colectiva. Pero esa moral no proviene de un mundo abstracto de “decisiones correctas” sino de acuerdos humanos. De esos acuerdos depende nuestro futuro. Es peligroso creer en morales absolutas, pues sobra quien se proclame su conocedor absoluto e imponedor absoluto; lo suelen hacer las religiones y las filosofías.

Pedro Cuadra Morales 


jueves, 11 de abril de 2013

La experiencia de la vida termina con la vida



El filósofo L. Wittgenstein decía que “La muerte no es un ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive”. De hecho, sólo la vida conlleva una experiencia. Desde el momento en que dejamos de vivir, no seguimos experimentando ninguna sensación de dolor, pensamiento o emoción. Se pasa a otro estado que no conocemos y que todas las religiones lo exponen con un significado trascendental. Para los creyentes, la experiencia del fin de la vida terrena es el inicio de la esperanza de la Resurrección: la vida eterna.
Pero igualmente, para creyentes o no creyentes, las reflexiones sobre la vida y la muerte son intensas, porque es encontrarse con el límite humano del tiempo y del espacio que ocupamos en nuestra dimensión existencial y donde la búsqueda de un sentido a la vida (su sentido ético, valores, relaciones significativas, etc.) deja un legado a una historia humana que otros seguirán y que seguiremos viviendo en la memoria colectiva de aquellos para quienes fuimos personas especiales.
La experiencia de la muerte es vivida por quien queda, no por quien se va. Probablemente es esta percepción del ver morir que atemoriza. Podemos experimentar algo aproximativo cuando sufrimos o vemos sufrir enfermedades graves que nos hacen percibir nuestra fragilidad humana, por experiencias especiales que nos acercan al sentido de nuestro límite.
Según el filósofo mexicano Luis Guerrero Martínez, “el miedo a la muerte no es sino una proyección del deseo de vivir y suele encerrar la trágica paradoja de que, mientras cercena los impulsos de la vida, se dejan de asumir los riesgos que ésta incluye. De esta forma, al protegernos de la muerte imposibilitamos el desarrollo de la vida”.
Visto en esta perspectiva, no vivir plenamente la vida, es perder una parte de nuestro “yo”, que al nacer, estábamos destinados a realizar como seres únicos e irrepetibles en la historia de la humanidad. En otras palabras, el miedo a la muerte es en realidad el miedo a la vida; más si esta vida no ha sido plena. El dolor de la separación del ser querido, sobre todo cuando ésta es imprevista, causa a menudo mayor sufrimiento porque no se estaba preparado para esa ausencia. Prepararse a la separación hace parte del ciclo de la vida.
Mucho se ha escrito sobre la relación apego-desapego en el ser humano. Todos necesitamos ser amados, comprendidos, deseados. Nacemos con esta necesidad que nos ayuda no sólo a sobrevivir, sino también a vivir de manera emocionalmente sana. Pero constantemente también nos confrontamos con la historia del desapego, que se da cuando el objeto del deseo – incluyendo la persona amada– no existe más. La madurez es precisamente un confrontarse constantemente con este binomio donde sólo en la medida en que hemos interiorizado los objetos y personas amadas, podemos encontrarnos con nuestro propio “yo”. Por eso se dice que es importante conocerse y amarse aceptando la propia finitud.
Así, ver la vida y la muerte en la perspectiva que lo importante es la plenitud de la vida, más allá de su duración, ayuda a mitigar el dolor emocional del desapego. Se siente dolor emocional frente a una profunda tristeza que provoca la pérdida de un ser querido, pero si ésta se transforma en depresión por muchos años involucrando otros sentimientos, de enojo, inseguridad, desilusión, unidos a pensamientos de “injusticia”, etc., se vive en el pasado, en un tiempo que se vuelve estático y no entra en el proceso de la continuidad de la vida.
El sufrimiento se convierte en una opción: hay muchas maneras para enfrentarlo y seguir viviendo con quien está a nuestro alrededor. Es, sobre todo, un planteamiento de actitud, aún en casos de “muertes injustas” provocadas por incompetencia de cuidados médicos o por crueldad humana. Precisamente porque se sigue viviendo en este mundo, es posible replantear nuestra actitud de manera constructiva para crear una dimensión nueva frente a la sociedad (luchar por la justicia, equidad, solidaridad, etc.). Es el nuevo legado que dejamos para quienes nos siguen. Es, igualmente, salir del esquema de la venganza y de la violencia.
Aprender a aceptar la muerte es aprender a vivir mejor el tiempo que nos queda a disposición, ya que es la vida misma que marca el límite de nuestra existencia. Rita Levi Montalicini, premio Nóbel de Medicina, muerta recientemente a 103 años de edad, decía: “Más vale darle vida a los días que días a la vida”.

Nora Habed


domingo, 17 de marzo de 2013

La política como ejercicio de ciudadanía y pensamiento crítico



La muerte del presidente Hugo Chávez ha ocupado por varios días las primeras planas de los medios de comunicación de diferentes países del mundo y la atención de las pantallas de la televisión internacional.

Indudablemente la noticia de su fallecimiento, con la que finalizaba un dramático suspenso tejido de dudas acerca de su verdadera situación de salud, ha producido conmoción y abierto numerosas discusiones acerca de la constitucionalidad en la función de presidente encargado de Nicolás Maduro, ungido por el propio Chávez como el sucesor antes de partir a La Habana para someterse a la última intervención quirúrgica, y ha dado paso a diferentes especulaciones sobre el futuro inmediato o mediato de Venezuela y de los países del Alba, principalmente de Cuba, que es su mayor beneficiario.

Más allá de las importantes consideraciones sobre la situación constitucional, económica y social que abre necesariamente este acontecimiento y que ocupa a políticos y analistas de Venezuela y de diferentes países, quisiera, partiendo de este hecho, realizar algunas reflexiones sobre el fenómeno del caudillismo populista del siglo XXI, que pareciera ser una tendencia significativa en América Latina, principalmente en los países que forman el Alba.

Cabría pensar que el caudillismo latinoamericano es ante todo un fenómeno cultural y educativo, consecuencia de una tradición, no solo práctica sino también ideológica por la que se considera el poder no como una función que alguien delegado por la voluntad popular debe ejercer de acuerdo a las atribuciones que establecen la Constitución y las leyes de un país, que es la forma en que esa voluntad general se expresa, sino como una propiedad personal de quien lo ejerce, el que dependiendo de sus habilidades se va transformando en un ser omnipotente y omnipresente y va transformando a la política de un ejercicio racional en una idolatría.

Indudablemente que para que quien ejerce el poder se transforme en esa figura insustituible, en ese mito que absorbe en su voluntad todas las funciones del Estado y encarna las instituciones, la historia y el destino de un país, se requiere una egolatría de considerables proporciones, pero además, y sobre todo, la necesidad de un sector de incondicionales, que demandan un liderazgo personal y total en cuyas manos depositar el destino individual y colectivo y de cuyas acciones únicas e insustituibles, dependa el presente y el futuro de una nación.

El populismo, entonces, no es solo una forma de comportamiento de quien ejerce el poder, sino un sentimiento colectivo, una necesidad de una parte de la sociedad, de disponer desde la dirección de un país de alguien que tiene en sus manos la solución a sus problemas, sin necesidad de las instituciones, la leyes o el Estado mismo, pues todo eso está personificado en el caudillo, elevado a la categoría de mito y de deidad política.

Esta figura obviamente no es exclusiva de América Latina, el dictador, quien es el destino del caudillo, ha existido en las formas más brutales en el siglo XX en países considerados desarrollados, como Hitler, en Alemania y Mussolini en Italia, o el caso de Stalin en la Unión Soviética, cuya crueldad y despotismo escribió una de las páginas más negras en la historia de la humanidad.

Ciertamente no es el caso de los caudillos actuales del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, cuya actuación política ni siquiera es comparable con la represión ejercida por dictadores latinoamericanos surgidos en el siglo XX. El hecho no está en el análisis comparativo de los niveles de represión ejercidos por los dictadores de ayer y los caudillos de hoy, sino en la reiterada aparición de los gobernantes “providenciales”, convertidos en mito por una cultura popular que ve el poder como un derecho personal de quien lo posee y que transforma a quien lo ejerce en un ídolo que encarna las esperanzas y aspiraciones de una nación.

El denominado “Socialismo del Siglo XXI” es la reproducción del “hombre fuerte” del siglo XX, no tanto, repito, en los niveles de represión, cuanto en la reproducción del mito y del clientelismo político. Por otra parte, el “Socialismo del Siglo XXI” es una contradicción en los términos, pues lejos de socializar el poder a través de la participación consciente de la ciudadanía en las grandes decisiones y en la formulación de políticas públicas, se trata de la configuración de un poder unipersonal que consagra en un sujeto providencial, todas, o la mayoría de las atribuciones que corresponden a los diferentes órganos del Estado.

El problema, entonces, es sobre todo cultural, educativo y social y debe ser enfrentado como tal y con la participación de los partidos políticos y la sociedad a través de sus diferentes expresiones y organizaciones. La ausencia de una cultura institucional que establece que el poder está subordinado a la ley, ha personalizado a este y lo ha hecho depender de la voluntad y habilidad de quien lo ejerce

Para que con el nombre de “Socialismo del Siglo XXI” no se dé una reproducción disfrazada de lo que ha sido el despotismo del siglo XX, se requiere llevar a cabo un proceso de educación política que establezca en la conciencia colectiva los valores y principios que deben regir el ejercicio del poder y la responsabilidad de la ciudadanía en el control del mismo.

Creo que una educación en esta dirección establece la necesidad de formular un pensamiento crítico; valorar la situación de las ideologías, su agotamiento o posibilidades, como fuerza impulsora de los procesos en la región; analizar el funcionamiento de los partidos políticos; estudiar los nuevos sujetos sociales, organizaciones femeninas, de jóvenes, ecologistas y demás entidades de la sociedad civil y valorar los alcances históricos de sus planteamientos y acciones; elaborar una ética política, entendida como saber de valores morales, como la define José Ferrater Mora, y como “un conjunto de reglas de comportamiento y formas de vida, a través de las cuales tiende el hombre a realizar el valor de lo bueno”, según Eduardo García Maynez.

“El bien de cada actividad, dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco , es el fin a que ella tiende. Todos los actos del hombre persiguen una finalidad determinada y en la consecución de ella encuentra su propio bien”.

En síntesis, creo necesario la construcción de nuevas categorías políticas. Categorías que funden la política, como en sus orígenes, en la polys, la ciudad, la comunidad, el Estado y la sociedad civil, que recupere al ser humano en su individualidad concreta en lugar de la demagogia que ha servido de pretexto para oprimirlo y privarlo de su libertad esencial.

Creo que un esfuerzo en esa dirección que confirme la unidad complementaria entre justicia social y Estado de Derecho, puede contribuir a crear una conciencia colectiva que haga de la política un ejercicio de todos y del poder una función que debe ejercerse de acuerdo a lo que establecen la Constitución y las leyes, sin gobernantes providenciales y omnipotentes cuya presencia abre siempre el riesgo de la confrontación y la violencia.