domingo, 17 de marzo de 2013

La política como ejercicio de ciudadanía y pensamiento crítico



La muerte del presidente Hugo Chávez ha ocupado por varios días las primeras planas de los medios de comunicación de diferentes países del mundo y la atención de las pantallas de la televisión internacional.

Indudablemente la noticia de su fallecimiento, con la que finalizaba un dramático suspenso tejido de dudas acerca de su verdadera situación de salud, ha producido conmoción y abierto numerosas discusiones acerca de la constitucionalidad en la función de presidente encargado de Nicolás Maduro, ungido por el propio Chávez como el sucesor antes de partir a La Habana para someterse a la última intervención quirúrgica, y ha dado paso a diferentes especulaciones sobre el futuro inmediato o mediato de Venezuela y de los países del Alba, principalmente de Cuba, que es su mayor beneficiario.

Más allá de las importantes consideraciones sobre la situación constitucional, económica y social que abre necesariamente este acontecimiento y que ocupa a políticos y analistas de Venezuela y de diferentes países, quisiera, partiendo de este hecho, realizar algunas reflexiones sobre el fenómeno del caudillismo populista del siglo XXI, que pareciera ser una tendencia significativa en América Latina, principalmente en los países que forman el Alba.

Cabría pensar que el caudillismo latinoamericano es ante todo un fenómeno cultural y educativo, consecuencia de una tradición, no solo práctica sino también ideológica por la que se considera el poder no como una función que alguien delegado por la voluntad popular debe ejercer de acuerdo a las atribuciones que establecen la Constitución y las leyes de un país, que es la forma en que esa voluntad general se expresa, sino como una propiedad personal de quien lo ejerce, el que dependiendo de sus habilidades se va transformando en un ser omnipotente y omnipresente y va transformando a la política de un ejercicio racional en una idolatría.

Indudablemente que para que quien ejerce el poder se transforme en esa figura insustituible, en ese mito que absorbe en su voluntad todas las funciones del Estado y encarna las instituciones, la historia y el destino de un país, se requiere una egolatría de considerables proporciones, pero además, y sobre todo, la necesidad de un sector de incondicionales, que demandan un liderazgo personal y total en cuyas manos depositar el destino individual y colectivo y de cuyas acciones únicas e insustituibles, dependa el presente y el futuro de una nación.

El populismo, entonces, no es solo una forma de comportamiento de quien ejerce el poder, sino un sentimiento colectivo, una necesidad de una parte de la sociedad, de disponer desde la dirección de un país de alguien que tiene en sus manos la solución a sus problemas, sin necesidad de las instituciones, la leyes o el Estado mismo, pues todo eso está personificado en el caudillo, elevado a la categoría de mito y de deidad política.

Esta figura obviamente no es exclusiva de América Latina, el dictador, quien es el destino del caudillo, ha existido en las formas más brutales en el siglo XX en países considerados desarrollados, como Hitler, en Alemania y Mussolini en Italia, o el caso de Stalin en la Unión Soviética, cuya crueldad y despotismo escribió una de las páginas más negras en la historia de la humanidad.

Ciertamente no es el caso de los caudillos actuales del llamado “Socialismo del Siglo XXI”, cuya actuación política ni siquiera es comparable con la represión ejercida por dictadores latinoamericanos surgidos en el siglo XX. El hecho no está en el análisis comparativo de los niveles de represión ejercidos por los dictadores de ayer y los caudillos de hoy, sino en la reiterada aparición de los gobernantes “providenciales”, convertidos en mito por una cultura popular que ve el poder como un derecho personal de quien lo posee y que transforma a quien lo ejerce en un ídolo que encarna las esperanzas y aspiraciones de una nación.

El denominado “Socialismo del Siglo XXI” es la reproducción del “hombre fuerte” del siglo XX, no tanto, repito, en los niveles de represión, cuanto en la reproducción del mito y del clientelismo político. Por otra parte, el “Socialismo del Siglo XXI” es una contradicción en los términos, pues lejos de socializar el poder a través de la participación consciente de la ciudadanía en las grandes decisiones y en la formulación de políticas públicas, se trata de la configuración de un poder unipersonal que consagra en un sujeto providencial, todas, o la mayoría de las atribuciones que corresponden a los diferentes órganos del Estado.

El problema, entonces, es sobre todo cultural, educativo y social y debe ser enfrentado como tal y con la participación de los partidos políticos y la sociedad a través de sus diferentes expresiones y organizaciones. La ausencia de una cultura institucional que establece que el poder está subordinado a la ley, ha personalizado a este y lo ha hecho depender de la voluntad y habilidad de quien lo ejerce

Para que con el nombre de “Socialismo del Siglo XXI” no se dé una reproducción disfrazada de lo que ha sido el despotismo del siglo XX, se requiere llevar a cabo un proceso de educación política que establezca en la conciencia colectiva los valores y principios que deben regir el ejercicio del poder y la responsabilidad de la ciudadanía en el control del mismo.

Creo que una educación en esta dirección establece la necesidad de formular un pensamiento crítico; valorar la situación de las ideologías, su agotamiento o posibilidades, como fuerza impulsora de los procesos en la región; analizar el funcionamiento de los partidos políticos; estudiar los nuevos sujetos sociales, organizaciones femeninas, de jóvenes, ecologistas y demás entidades de la sociedad civil y valorar los alcances históricos de sus planteamientos y acciones; elaborar una ética política, entendida como saber de valores morales, como la define José Ferrater Mora, y como “un conjunto de reglas de comportamiento y formas de vida, a través de las cuales tiende el hombre a realizar el valor de lo bueno”, según Eduardo García Maynez.

“El bien de cada actividad, dice Aristóteles en su Ética a Nicómaco , es el fin a que ella tiende. Todos los actos del hombre persiguen una finalidad determinada y en la consecución de ella encuentra su propio bien”.

En síntesis, creo necesario la construcción de nuevas categorías políticas. Categorías que funden la política, como en sus orígenes, en la polys, la ciudad, la comunidad, el Estado y la sociedad civil, que recupere al ser humano en su individualidad concreta en lugar de la demagogia que ha servido de pretexto para oprimirlo y privarlo de su libertad esencial.

Creo que un esfuerzo en esa dirección que confirme la unidad complementaria entre justicia social y Estado de Derecho, puede contribuir a crear una conciencia colectiva que haga de la política un ejercicio de todos y del poder una función que debe ejercerse de acuerdo a lo que establecen la Constitución y las leyes, sin gobernantes providenciales y omnipotentes cuya presencia abre siempre el riesgo de la confrontación y la violencia.  

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