jueves, 11 de abril de 2013

La experiencia de la vida termina con la vida



El filósofo L. Wittgenstein decía que “La muerte no es un ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive”. De hecho, sólo la vida conlleva una experiencia. Desde el momento en que dejamos de vivir, no seguimos experimentando ninguna sensación de dolor, pensamiento o emoción. Se pasa a otro estado que no conocemos y que todas las religiones lo exponen con un significado trascendental. Para los creyentes, la experiencia del fin de la vida terrena es el inicio de la esperanza de la Resurrección: la vida eterna.
Pero igualmente, para creyentes o no creyentes, las reflexiones sobre la vida y la muerte son intensas, porque es encontrarse con el límite humano del tiempo y del espacio que ocupamos en nuestra dimensión existencial y donde la búsqueda de un sentido a la vida (su sentido ético, valores, relaciones significativas, etc.) deja un legado a una historia humana que otros seguirán y que seguiremos viviendo en la memoria colectiva de aquellos para quienes fuimos personas especiales.
La experiencia de la muerte es vivida por quien queda, no por quien se va. Probablemente es esta percepción del ver morir que atemoriza. Podemos experimentar algo aproximativo cuando sufrimos o vemos sufrir enfermedades graves que nos hacen percibir nuestra fragilidad humana, por experiencias especiales que nos acercan al sentido de nuestro límite.
Según el filósofo mexicano Luis Guerrero Martínez, “el miedo a la muerte no es sino una proyección del deseo de vivir y suele encerrar la trágica paradoja de que, mientras cercena los impulsos de la vida, se dejan de asumir los riesgos que ésta incluye. De esta forma, al protegernos de la muerte imposibilitamos el desarrollo de la vida”.
Visto en esta perspectiva, no vivir plenamente la vida, es perder una parte de nuestro “yo”, que al nacer, estábamos destinados a realizar como seres únicos e irrepetibles en la historia de la humanidad. En otras palabras, el miedo a la muerte es en realidad el miedo a la vida; más si esta vida no ha sido plena. El dolor de la separación del ser querido, sobre todo cuando ésta es imprevista, causa a menudo mayor sufrimiento porque no se estaba preparado para esa ausencia. Prepararse a la separación hace parte del ciclo de la vida.
Mucho se ha escrito sobre la relación apego-desapego en el ser humano. Todos necesitamos ser amados, comprendidos, deseados. Nacemos con esta necesidad que nos ayuda no sólo a sobrevivir, sino también a vivir de manera emocionalmente sana. Pero constantemente también nos confrontamos con la historia del desapego, que se da cuando el objeto del deseo – incluyendo la persona amada– no existe más. La madurez es precisamente un confrontarse constantemente con este binomio donde sólo en la medida en que hemos interiorizado los objetos y personas amadas, podemos encontrarnos con nuestro propio “yo”. Por eso se dice que es importante conocerse y amarse aceptando la propia finitud.
Así, ver la vida y la muerte en la perspectiva que lo importante es la plenitud de la vida, más allá de su duración, ayuda a mitigar el dolor emocional del desapego. Se siente dolor emocional frente a una profunda tristeza que provoca la pérdida de un ser querido, pero si ésta se transforma en depresión por muchos años involucrando otros sentimientos, de enojo, inseguridad, desilusión, unidos a pensamientos de “injusticia”, etc., se vive en el pasado, en un tiempo que se vuelve estático y no entra en el proceso de la continuidad de la vida.
El sufrimiento se convierte en una opción: hay muchas maneras para enfrentarlo y seguir viviendo con quien está a nuestro alrededor. Es, sobre todo, un planteamiento de actitud, aún en casos de “muertes injustas” provocadas por incompetencia de cuidados médicos o por crueldad humana. Precisamente porque se sigue viviendo en este mundo, es posible replantear nuestra actitud de manera constructiva para crear una dimensión nueva frente a la sociedad (luchar por la justicia, equidad, solidaridad, etc.). Es el nuevo legado que dejamos para quienes nos siguen. Es, igualmente, salir del esquema de la venganza y de la violencia.
Aprender a aceptar la muerte es aprender a vivir mejor el tiempo que nos queda a disposición, ya que es la vida misma que marca el límite de nuestra existencia. Rita Levi Montalicini, premio Nóbel de Medicina, muerta recientemente a 103 años de edad, decía: “Más vale darle vida a los días que días a la vida”.

Nora Habed


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