sábado, 20 de abril de 2013

Fuera de foco



Quienes piensan que la moral humana tiene carácter absoluto lo hacen porque observan al animal humano fuera de foco.
Podemos imaginar un mundo de leyes y constantes absolutas, de resultados totalmente predecibles en un universo de mecanismo de reloj, con un espacio un tiempo y una materia absolutos, en el que los humanos, de pocos miles de años de existencia, ocupan el lugar central. Podemos imaginar que todos los humanos tienen la misma naturaleza y que esa naturaleza no cambia con el tiempo. Por último, podemos imaginar que existe un manual que contiene todas las respuestas correctas a todos los posibles dilemas morales que la humanidad pudiera encontrar. Pero para poder imaginar todo esto se precisa observar al Homo sapiens desenfocados.
La neurociencia, la física cuántica, y las teorías de la evolución, de la relatividad y del big bang, nos ayudan a observarnos bien enfocados como especie. Todas estas teorías son sólidas; su veracidad se comprueba con el uso de muchos artilugios tecnológicos modernos basados en ellas.
La moral humana absoluta presupone que lo bueno es lo que se compagina con la naturaleza humana, y lo malo lo que la contraría. Pero la neurociencia nos muestra que no todos los humanos tienen la misma naturaleza. Los sociópatas, por ejemplo, quienes forman un porcentaje significativo de la población, son insensibles al sufrimiento ajeno y no sienten el normal temor ante los riesgos; sus cerebros se activan de manera diferente de lo común, ante ciertos estímulos. Por otra parte, la teoría de la evolución nos muestra que las especies, incluida la nuestra, cambian todo el tiempo. No existen las naturalezas permanentes. No podría haber una moral absoluta basada en una naturaleza cambiante. La falta de visión evolucionista y neurocientífica contribuye a la observación desenfocada de nuestra especie.
Según la teoría del big bang el universo tiene unos 13,800 millones de años, la Vía Láctea 12,000 millones, el sistema solar 4,700 millones y la tierra unos 4,500 millones. La tierra es sólo un punto en una galaxia inmensa (la luz dura 100,000 años en cruzarla), en un universo de cientos de millardos de galaxias. La teoría de la evolución nos muestra que la vida en la Tierra tiene unos 4,000 millones de años, los mamíferos unos 200 millones de años y nuestra especie, el Homo sapiens, no más de 200,000 años. Considerar central al humano es verlo fuera de foco cosmológico y evolucionista.
La teoría de la relatividad nos enseña que el espacio, el tiempo y la materia son relativos; su medida depende de las condiciones del que mide. Existen infinitas respuestas correctas a las preguntas ¿cuánto mide esto? ¿Cuánta masa tiene esto? ¿Cuánto tiempo transcurrió entre estos dos eventos? La tendencia a creer en medidas absolutas es alimentada por la falta de foco relativista.
Un principio fundamental de la física cuántica es el Principio de Incertidumbre. Establece que no se puede saber al mismo tiempo la posición de una partícula y su momento (momento = masa por velocidad). Mientras más preciso sea el conocimiento de uno, más impreciso es el del otro. Esto significa que la realidad es por naturaleza incierta a su nivel más elemental, en el mundo atómico y sub-atómico. Por falta de un foco cuántico se puede creer que existe una realidad totalmente absoluta y predecible.
Bien enfocados, observamos un universo de tiempo, espacio y materia relativos, en el que nuestro planeta ocupa un sitio ínfimo, y en el que los humanos no sólo no son centrales sino que son inimaginablemente pequeños tanto en el contexto espacial como temporal. Bien enfocados podemos apreciar que en la biología no hay naturalezas constantes y que la naturaleza humana es cambiante tanto en el tiempo como entre individuos.
La moral y la naturaleza humanas no son de carácter absoluto, sino cambiante. No se debe permitir que cada quien haga lo que le dé la gana; debe haber una moral colectiva. Pero esa moral no proviene de un mundo abstracto de “decisiones correctas” sino de acuerdos humanos. De esos acuerdos depende nuestro futuro. Es peligroso creer en morales absolutas, pues sobra quien se proclame su conocedor absoluto e imponedor absoluto; lo suelen hacer las religiones y las filosofías.

Pedro Cuadra Morales 


jueves, 11 de abril de 2013

La experiencia de la vida termina con la vida



El filósofo L. Wittgenstein decía que “La muerte no es un ningún acontecimiento de la vida. La muerte no se vive”. De hecho, sólo la vida conlleva una experiencia. Desde el momento en que dejamos de vivir, no seguimos experimentando ninguna sensación de dolor, pensamiento o emoción. Se pasa a otro estado que no conocemos y que todas las religiones lo exponen con un significado trascendental. Para los creyentes, la experiencia del fin de la vida terrena es el inicio de la esperanza de la Resurrección: la vida eterna.
Pero igualmente, para creyentes o no creyentes, las reflexiones sobre la vida y la muerte son intensas, porque es encontrarse con el límite humano del tiempo y del espacio que ocupamos en nuestra dimensión existencial y donde la búsqueda de un sentido a la vida (su sentido ético, valores, relaciones significativas, etc.) deja un legado a una historia humana que otros seguirán y que seguiremos viviendo en la memoria colectiva de aquellos para quienes fuimos personas especiales.
La experiencia de la muerte es vivida por quien queda, no por quien se va. Probablemente es esta percepción del ver morir que atemoriza. Podemos experimentar algo aproximativo cuando sufrimos o vemos sufrir enfermedades graves que nos hacen percibir nuestra fragilidad humana, por experiencias especiales que nos acercan al sentido de nuestro límite.
Según el filósofo mexicano Luis Guerrero Martínez, “el miedo a la muerte no es sino una proyección del deseo de vivir y suele encerrar la trágica paradoja de que, mientras cercena los impulsos de la vida, se dejan de asumir los riesgos que ésta incluye. De esta forma, al protegernos de la muerte imposibilitamos el desarrollo de la vida”.
Visto en esta perspectiva, no vivir plenamente la vida, es perder una parte de nuestro “yo”, que al nacer, estábamos destinados a realizar como seres únicos e irrepetibles en la historia de la humanidad. En otras palabras, el miedo a la muerte es en realidad el miedo a la vida; más si esta vida no ha sido plena. El dolor de la separación del ser querido, sobre todo cuando ésta es imprevista, causa a menudo mayor sufrimiento porque no se estaba preparado para esa ausencia. Prepararse a la separación hace parte del ciclo de la vida.
Mucho se ha escrito sobre la relación apego-desapego en el ser humano. Todos necesitamos ser amados, comprendidos, deseados. Nacemos con esta necesidad que nos ayuda no sólo a sobrevivir, sino también a vivir de manera emocionalmente sana. Pero constantemente también nos confrontamos con la historia del desapego, que se da cuando el objeto del deseo – incluyendo la persona amada– no existe más. La madurez es precisamente un confrontarse constantemente con este binomio donde sólo en la medida en que hemos interiorizado los objetos y personas amadas, podemos encontrarnos con nuestro propio “yo”. Por eso se dice que es importante conocerse y amarse aceptando la propia finitud.
Así, ver la vida y la muerte en la perspectiva que lo importante es la plenitud de la vida, más allá de su duración, ayuda a mitigar el dolor emocional del desapego. Se siente dolor emocional frente a una profunda tristeza que provoca la pérdida de un ser querido, pero si ésta se transforma en depresión por muchos años involucrando otros sentimientos, de enojo, inseguridad, desilusión, unidos a pensamientos de “injusticia”, etc., se vive en el pasado, en un tiempo que se vuelve estático y no entra en el proceso de la continuidad de la vida.
El sufrimiento se convierte en una opción: hay muchas maneras para enfrentarlo y seguir viviendo con quien está a nuestro alrededor. Es, sobre todo, un planteamiento de actitud, aún en casos de “muertes injustas” provocadas por incompetencia de cuidados médicos o por crueldad humana. Precisamente porque se sigue viviendo en este mundo, es posible replantear nuestra actitud de manera constructiva para crear una dimensión nueva frente a la sociedad (luchar por la justicia, equidad, solidaridad, etc.). Es el nuevo legado que dejamos para quienes nos siguen. Es, igualmente, salir del esquema de la venganza y de la violencia.
Aprender a aceptar la muerte es aprender a vivir mejor el tiempo que nos queda a disposición, ya que es la vida misma que marca el límite de nuestra existencia. Rita Levi Montalicini, premio Nóbel de Medicina, muerta recientemente a 103 años de edad, decía: “Más vale darle vida a los días que días a la vida”.

Nora Habed